Recuerdos de un Depravado

Llevaba mucho tiempo fuera de casa, tanto que ya no sabía en qué día vivía. La vida en la ciudad de México era más fácil de lo que cualquiera hubiera pensado. Salía de mi cuarto tan pronto la resaca me lo permitía; y es que vivir al día nunca a sido difícil para mi, mezclaba un poco las actividades. Podías pedir dinero en la calle, con lo que juntabas jugar conquian o rayuela y compartir las ganancias con los borrachos de la vecindad. Con Tonayan y un poco de Squirt podías olvidarte de todos los problemas de la vida cotidiana. Lo complicado era cuando venía el fin de mes y debías la renta por más de cuatro. Había que encontrar una manera rápida de hacer dinero, como decía Bukowski, dale a un hombre cuatro paredes y podrá conquistar el mundo.

En mi juventud estudié los primeros semestres de la carrera de Filosofía en la Universidad de México, leer a los grandes autores cambiaron mi visión pueblerina por completo. Ahí había encontrado mi más grande habilidad: contar historias.

A los turistas que visitan el Zócalo y Bellas Artes parecían encantarles. Mi compañero de rutina se llamaba Esteban, un tipo que decía ser chileno y que vivía con una señora en la Guerrero, la había conocido en el salón México. Cuando recién llegó al país quería dedicarse a ser gigoló, pero con esta señora se sacó el premio mayor. Le dio casa, comida y una cama con cuerpo caliente para no pasar frío. Nuestra rutina consistía en una especie de performance y teatro callejero donde Esteban la hacía de Mao Tse Tung con un kimono, maquillaje blanco y los ojos delineados, parecía mas una geisha, pero el público parecía disfrutarlo y yo hacía diversos papeles representando diferentes clases sociales del pueblo y me caracterizaba poniéndome sombreros, abrigos viejos que había conseguido en un mercado de pulga en la Roma y cuando la hacía de proletariado sólo con unos calzoncillos que parecían más un pañal para adulto. Eramos todo un éxito, en un día bien trabajado podíamos juntar hasta setecientos pesos cada quién, lo suficiente para ponernos una excelente borrachera en El Río de la Plata, un híbrido entre salón y cantina donde la demografía era diversa, jóvenes universitarios, viejos agrios, ficheras y en el centro del lugar una pequeña tarima donde se presentaban grupos de tropical. El ambiente se antojaba tóxico, pero en la ciudad era una bocanada de aire fresco.

Una vez reunidos los mil setecientos cincuenta pesos podía regresar a la rutina, beber, pepenar, huevonear y disfrutar de la vida; de mi vida. Platicando con la señora Salinas, la dueña de los cuartos, me daba cuenta de lo extravagante que era la gente en la ciudad de México.

Un día me dijo, Oye Jorge, ¿por qué no te buscas un trabajo?

-Porque no hace falta tener un trabajo doña Salinas, le contesté, y menos en este lugar con tantas oportunidades.

-Como te gusta decir pendejadas Jorge, si siempre andas borracho y limosneando por todos lados, tú pareces ser alguien inteligente, podrías hacer algo de provecho.

-¿Como qué señora? No tengo título, apenas si terminé la preparatoria y para ganar un sueldo mediocre, preocupado por deudas, familia, comprar un coche, pagar gasolina, impuestos y mantener con mi salario a una bola de huevones que son unos buenos para nada… prefiero vivir así, sin nada que me ate ni nadie que me pida cuentas.

-Pues mi hijo ni la prepa tiene y ahorita mueve a un grupo de vendedores ambulantes en la linea azul, le va re-bien, ya sus nenas están en el quinto y sexto de primaria y se acaban de ir de semana santa a Acapulco.

-Señora, su hijo está pelón, gordo y siempre está encabronado.

-Por lo menos deberías tener una novia, no todas esas putas que te sacas de Sullivan y de la zona Rosa y no creas que no me doy cuenta.

-Sólo son amigas de la borrachera doña, nada más, van tras el alcohol y yo tras ellas.

-Si mi marido te hubiera conocido ya te hubiera puesto a chambear.

Las luces de la colonia Obrera siempre me parecieron tener un espíritu libre, los juegos viejos del parque, los hoyos que alguna vez fueron coladeras, las piedras y troncos en el asfalto, la gente de la noche. Cada que caminaba por ahí reafirmaba mi deseo por permanecer en aquella cosmópolis llena de depravados y gente salvaje, jamás pensé en volver a mi pueblo de Veracruz.  Un pensamiento siempre abordaba mi mente; la vida es demasiado corta para vivirla como los demás quieren.

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